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Leucemia

El pronóstico de la leucemia ha mejorado mucho en las ultimas décadas, aunque depende del tipo de cada leucemia

Células de la sangre

¿Qué es la leucemia?

La leucemia es un cáncer de la sangre. Aunque es muy poco común, es el cáncer infantil más frecuente. Afecta a los leucocitos o glóbulos blancos, que son las células que defienden al organismo de las infecciones.

Se fabrican en la médula ósea, en el interior de los huesos. En la leucemia, los leucocitos se vuelven anómalos, los llamados blastos, y se multiplican de forma incontrolada en la médula, alterando la fabricación de otros elementos de la sangre (glóbulos rojos, plaquetas) y pudiendo infiltrar otros órganos (ganglios, hígado, bazo).

Se distinguen leucemias agudas y crónicas. En los niños, la gran mayoría son leucemias agudas, que se desarrollan en pocas semanas. Dependiendo del tipo de leucocito afectado, diferenciamos dos grupos: linfoblásticas y mieloblásticas. Las más frecuentes en niños son las linfoblásticas, que se subdividen en B y T.

¿Cuáles son los síntomas? ¿Cuándo se  debe consultar?

Los síntomas son variados y parecidos a los de algunas enfermedades banales, por lo que al principio pueden ser difíciles de distinguir: fiebre prolongada, cansancio, debilidad, ganglios inflamados, palidez, facilidad para el sangrado, puntos rojos (petequias) o hematomas en la piel o dolor de huesos. Es conveniente consultar al pediatra ante cualquiera de ellos.

¿Cómo se diagnostica?

El médico realiza una historia clínica y una exploración física completa. Si sospecha una leucemia, solicitará un análisis de sangre en el que pueden verse células malignas y otros datos sugestivos, como anemia o disminución de las plaquetas.

El diagnóstico definitivo se obtiene mediante aspirado de médula ósea. Con sedación y analgesia, se introduce una aguja larga en un hueso, generalmente la pelvis, y se extrae médula para estudiarla al microscopio, identificando los blastos. Además, se realizan otros análisis genéticos y moleculares más complejos, que ayudan a elegir el mejor tratamiento posible para esa leucemia en concreto.

También se realizan pruebas para evaluar si la enfermedad se ha extendido a otros órganos: radiografía de tórax y punción lumbar. En esta, se introduce una aguja fina entre dos vértebras para extraer una pequeña parte del líquido que baña el cerebro y la médula espinal (líquido cefalorraquídeo) y analizarlo para ver si hay enfermedad en el sistema nervioso.

¿Cómo se trata?

Se trata con quimioterapia, que varía según las características de la leucemia. Se administra por distintas vías: intravenosa, intramuscular, oral e intratecal (mediante punción lumbar, para proteger al sistema nervioso de la enfermedad).

La duración del tratamiento depende del tipo de leucemia. Las primeras semanas son más intensas, con el objetivo de alcanzar la remisión completa (ausencia de enfermedad medible). El resto del tratamiento va dirigido a reforzar la remisión, evitando así que la enfermedad reaparezca, durante un tiempo que va desde unos meses en el caso de las leucemias mieloblásticas, hasta dos años en las linfoblásticas.

En ocasiones, es necesario además realizar un trasplante de médula ósea para reemplazar la médula enferma por la de un donante sano.

¿Qué pronóstico tiene?

El pronóstico ha mejorado mucho en las últimas décadas. Aunque depende del tipo y agresividad de cada leucemia, en general las linfoblásticas tienen una supervivencia superior al 80%. Este porcentaje disminuye en las leucemias mieloblásticas.

En los primeros años tras el diagnóstico, la enfermedad puede reaparecer. Tanto la enfermedad como su tratamiento pueden causar secuelas (problemas de fertilidad, retraso en el crecimiento…).

¿Cómo se puede prevenir?

No se puede prevenir. Existen factores que predisponen a sufrir leucemia: las radiaciones ionizantes, el tratamiento quimioterápico previo y síndromes genéticos como el síndrome de Down.

Artículo publicado el  
20-7-2015, revisado por última vez el 17-7-2015
La información ofrecida en En Familia no debe usarse como sustituta de la relación con su pediatra, quien, en función de las circunstancias individuales de cada niño o adolescente, puede indicar recomendaciones diferentes a las generales aquí señaladas.

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